CAPÍTULO 1: LA IGLESIA LOCAL COMO SANTUARIO EN CONSTRUCCIÓN
“Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8).
Una iglesia local no es una empresa, ni un proyecto comunitario, ni una agrupación de afinidades culturales o emocionales. La iglesia es, ante todo, el lugar donde Dios ha decidido habitar. Es Su santuario, el espacio donde se revela Su gloria y Su fidelidad. Pero ese santuario no está terminado: está en construcción. Y ese proceso de edificación es espiritual, relacional y pastoral. Acompañar a una iglesia en su proceso de crecimiento no es simplemente asesorarla: es caminar junto a ella como si uno mismo participara en el armado de un tabernáculo.
Cuando Dios ordena a Moisés construir el tabernáculo, no le entrega solo un plano arquitectónico. Le da un modelo celestial, una imagen del lugar donde Él mismo habita (Hebreos 8:5). Esa tienda de reunión sería la expresión visible del deseo de Dios: vivir en medio de su pueblo. Pero ese deseo conlleva una demanda: santidad. El santuario es el lugar donde Dios habita, y por eso, el pueblo que se le acerca debe ser purificado, restaurado, santificado.
La iglesia hoy está llamada a lo mismo. No a reproducir un modelo antiguo, sino a vivir en plenitud el cumplimiento de ese deseo divino: ser morada de Dios por su Espíritu (Efesios 2:22). El proceso de acompañamiento pastoral que proponemos tiene este fundamento: ayudar a cada iglesia local a reconocerse como santuario en construcción. No importa si se reúnen en un templo grande o en una casa sencilla; lo que importa es que entiendan que su identidad es la de un pueblo convocado por Dios para habitar con Él, adorarlo y reflejar su gloria.
Cuando visité una iglesia en el sur de Texas, los líderes me hablaron de sus sueños de crecimiento: querían atraer más familias, mejorar sus programas, remodelar el edificio. Todo eso era válido, pero al escucharles, sentí que había algo más profundo que necesitaba ser dicho. Les pregunté: “¿Qué significa para ustedes que Dios esté presente en este lugar? ¿Cómo sabrá la gente que aquí habita el Dios vivo?” El silencio que siguió fue más elocuente que muchas respuestas. No porque no creyeran en esa presencia, sino porque no la habían considerado como el eje de su vida comunitaria. A partir de ahí, todo cambió. Su proceso de acompañamiento pastoral dejó de girar en torno a estrategias y empezó a centrarse en la adoración.
Ser santuario implica mucho más que tener actividades espirituales. Es permitir que la justicia de Dios, entendida como Su fidelidad activa a la relación con su pueblo, modele cada aspecto de la vida congregacional. Es recordar que fuimos purificados con una sangre mejor que la de los animales (Hebreos 9:14), y que hemos sido llevados al Lugar Santísimo no por mérito, sino por misericordia (Hebreos 10:19-22).
El acompañamiento pastoral, en este marco, no es una consultoría, sino un caminar sacerdotal. Es ayudar a la comunidad a recordar los actos de misericordia que Dios ha tenido con ellos. Es redescubrir las huellas de Su justicia en medio de sus heridas. Es acompañar la reconstrucción de su altar de adoración, para que cada miembro vuelva a reconocer que el centro de todo no es el programa, ni el liderazgo, ni los números, sino Su presencia.
Dios sigue buscando adoradores (Juan 4:23). Y una iglesia adoradora no es aquella que canta más fuerte, sino la que vive más cerca del trono. Acompañar a una iglesia local como coach pastoral es, en el fondo, ayudarla a levantar su tienda de reunión. Es tender el camino hacia el Lugar Santísimo, recordando que la sangre ya ha sido derramada, que el trono de gracia está abierto, y que el Dios fiel espera a Su pueblo para habitar en medio de él.
Este es el principio y el fin de todo proceso: formar una comunidad que viva de la presencia de Dios, y que haga de su historia un altar vivo de adoración.
Comentarios
Publicar un comentario