Capítulo 2: La Justicia de Dios: El Fundamento del Acompañamiento
“Mas ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (Romanos 3:21).
Cualquier acompañamiento pastoral que aspire a guiar a la iglesia hacia su identidad adoradora debe tener una base firme: la justicia de Dios. Pero no hablamos de una justicia punitiva, ni de un sistema retributivo, sino de la justicia tal como la revela la Escritura: la fidelidad de Dios a su pacto, su coherencia entre palabra y acción, su compromiso de restaurar a su pueblo y cumplir sus promesas. Esta justicia no es fría ni legalista: es misericordiosa, activa y redentora. Es la que sustenta todo acto de acompañamiento genuinamente cristiano.
1. La justicia como fidelidad restauradora
Gerhard von Rad señaló que el término hebreo tsedaqah (צדקה), traducido como “justicia”, expresa la actitud fiel de Dios hacia su pueblo, una actitud que lo lleva a intervenir en favor de los suyos cuando claman. En Isaías 5:7 se nos dice que Dios esperaba justicia (tsedaqah) y escuchó clamor (tzeaqah), revelando que Su justicia se activa cuando su pueblo sufre y acude a Él.
El acompañamiento pastoral, entonces, no parte de un diagnóstico técnico, sino de una confianza radical en que la justicia de Dios ya está actuando en medio de su pueblo. El coach pastoral no introduce soluciones externas, sino que ayuda a descubrir dónde ha estado actuando Dios en la historia de esa congregación.
2. La sangre que purifica, no que aplaca
Cuando en Romanos 3:25 Pablo habla de Jesús como aquel a quien Dios presentó como hilasterion, no está hablando de un mecanismo para aplacar ira, sino del acceso al Lugar Santísimo: el Trono de Gracia. La sangre no es el castigo sobre un inocente, sino la señal de una vida victoriosa, glorificada, que ha vencido a la muerte y ha abierto un camino nuevo para los suyos.
El acompañamiento pastoral debe reflejar esta visión. No parte de la culpa, sino de la gracia. No se basa en hacer sentir indigno al otro, sino en recordarle que la sangre ya ha sido presentada, que la justicia de Dios ya ha sido revelada, y que estamos invitados a vivir en esa nueva relación de cercanía.
3. Testimonio de restauración: una historia viva
Recuerdo una iglesia donde al principio todo el liderazgo se definía por lo que no tenían: “No tenemos músicos, no tenemos buenos maestros, no tenemos recursos…”. Al comenzar el proceso, en lugar de preguntar qué faltaba, preguntamos: “¿Cuándo fue la última vez que vieron actuar la fidelidad de Dios?”. Entonces una anciana levantó la mano y contó cómo, cuando perdieron el templo por un incendio, una familia no creyente les prestó su patio por un año. “Fue difícil—dijo ella—, pero jamás dejamos de reunirnos ni de adorar.” Esa historia cambió todo. La iglesia comenzó a definirse no por sus carencias, sino por la justicia de Dios manifestada en su camino.
4. El acompañamiento como acto espiritual comunitario
La función del coach pastoral no es la de un sacerdote exclusivo o intermediario, sino la de un compañero espiritual que camina con la comunidad de sacerdotes que es la iglesia. Su rol no es representar al pueblo ante Dios, sino ayudar a recordar que todos han sido llamados a acercarse confiadamente al trono de la gracia, como parte de una nación santa y sacerdotal (1 Pedro 2:9).
Esto implica que el acompañamiento debe tener un carácter profético, no terapéutico; litúrgico, no meramente organizacional. Como dice San Agustín: “Mi peso es mi amor: adonde sea que me incline, me lleva mi amor” (Confesiones XIII.9). El coach acompaña a la iglesia hacia donde la atracción del amor de Dios los está llevando: al centro del tabernáculo, al propiciatorio, al trono de gracia.
En el nuevo pacto, no hay jerarquías espirituales entre los hijos de Dios. Todos han sido llamados a ser ministros, intercesores y adoradores. El coach pastoral no eleva ni reemplaza ese llamado, sino que lo potencia. Acompañar a una iglesia es recordarles su identidad: un pueblo que ha sido purificado para ministrar delante de Dios, no como espectadores, sino como sacerdotes vivos que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Él (1 Pedro 2:5).
5. Gráfica simbólica: La justicia que abre el camino
Diagrama: Del clamor a la adoración (basado en Isaías 5:7)
Clamor del pueblo (צעקה) → Intervención de Dios → Fidelidad activa (צדקה) → Restauración → Adoración
Este ciclo puede repetirse en cada iglesia, en cada temporada, si el acompañamiento está anclado en la justicia de Dios.
El acompañamiento pastoral no se fundamenta en la habilidad del coach, sino en la fidelidad del Dios que camina con su pueblo. Una iglesia adoradora es aquella que ha aprendido a leer su historia desde la justicia divina, no desde la culpa, la carencia o la estrategia. Y un coach integrativo es quien ayuda a la iglesia a hacer justamente eso: redescubrir que la sangre ya ha sido presentada, que el camino está abierto, y que el Dios justo y fiel está llamando a Su pueblo a acercarse a Él, con corazón sincero y cuerpo lavado, para vivir ante Su rostro y reflejar Su gloria.
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