CAPÍTULO 4: LA EXPIACIÓN Y LA PROPIACIÓN EN LA VIDA COMUNITARIA
CAPÍTULO 4: LA EXPIACIÓN Y LA PROPIACIÓN EN LA VIDA COMUNITARIA
“A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia…” (Romanos 3:25)
Uno de los mayores riesgos al hablar de acompañamiento pastoral es reducir el proceso a estrategias externas, perdiendo de vista que todo cambio real en la iglesia ocurre en el ámbito de lo espiritual. La expiación y la propiciación no son doctrinas estéticas para un libro de teología, sino realidades vivas que afectan la identidad, la memoria y la práctica diaria de una congregación.
1. La expiación como purificación del lugar y del pueblo
En Levítico 16, la expiación no se concentra en el sacrificio del animal, sino en la purificación del santuario, del altar y del pueblo. La acción clave no es la muerte, sino lo que se hace con la sangre: es llevada adentro, al Lugar Santísimo, para purificar el espacio donde Dios se manifiesta.
La iglesia, como comunidad adoradora, necesita ser continuamente purificada en su conciencia y en su vida relacional. El acompañamiento pastoral debe ayudar a identificar lo que contamina la comunion, no con el fin de condenar, sino para acercarse confiadamente a la gracia que limpia. Hebreos 9:14 dice que la sangre de Cristo purifica nuestras conciencias de obras muertas para servir al Dios vivo.
2. La propiciación como acceso confiado al trono de gracia
Cuando Pablo usa el término hilasterion en Romanos 3:25, está haciendo referencia al propiciatorio: el lugar sobre el arca donde se manifestaba la presencia de Dios. No se trata de un mecanismo para calmar una ira, sino del acceso abierto por Cristo al trono de la misericordia (Hebreos 4:16).
En una iglesia local, esto se traduce en una cultura comunitaria que no vive bajo la culpa, sino bajo la gracia. El coach pastoral debe discernir si el lenguaje de la iglesia está marcado por el temor, la culpa o la autojustificación. La buena nueva es que ya no vivimos bajo condenación (Romanos 8:1), y el propiciatorio está abierto para los que caminan por la fe en la sangre de Cristo.
3. El lenguaje que revela teología
Una iglesia que ha comprendido la expiación y la propiciación no repite frases como “no somos dignos” con tono derrotista, sino que celebra: “Él nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:6). La identidad no se basa en los logros ni en las caídas, sino en el acceso permanente al trono de la gracia.
Recuerdo una iglesia que, al comenzar su proceso de acompañamiento, siempre oraba pidiendo perdón como si nunca hubieran sido limpiados. Tras semanas estudiando Hebreos juntos, un domingo cambiaron su oración: “Gracias porque por la sangre de Cristo somos hechos puros y podemos acercarnos a ti con confianza”. Fue un cambio de lenguaje, pero también de corazón. La expiación había dejado de ser un concepto y se había vuelto una realidad vivida.
4. Una comunidad misericordiada
El resultado de vivir a la luz de la expiación y la propiciación no es el orgullo, sino la misericordia. Una iglesia que sabe que ha sido purificada y recibida en el propiciatorio se convierte en un pueblo que no excluye ni condena, sino que abre espacio para otros.
Como dice Lucas 6:36: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. Esta es la ética de la comunidad expiada: tratar a otros como Dios nos ha tratado. El acompañamiento pastoral busca formar no solo una comunidad organizada, sino una comunidad misericordiada.
Cuando una iglesia vive en el poder de la expiación y el acceso del propiciatorio, se convierte en un santuario vivo. El coach pastoral no debe llevar a la iglesia al rendimiento ni al perfeccionismo, sino a la gracia, al descanso, al trono. Y desde allí, todo florece.
Cristo no solo nos redimió del pecado: nos llevó adentro. Nos dio acceso. Nos hizo suyos. Acompañar a una iglesia es ayudarla a caminar en esa verdad, con corazones lavados, y ojos fijos en el trono de la misericordia.
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